Procesándolo todo

Volvimos a casa con una mezcla de calma y emoción que me envolvía por completo. Él conducía con cuidado, y yo no podía dejar de mirar por la ventana, viendo cómo la luz de la tarde jugaba con las sombras de los árboles y los edificios. Cada ráfaga de viento parecía susurrarme que algo grande estaba pasando, que todo lo que hasta ahora había sido nuestra rutina cotidiana estaba a punto de transformarse.

El cachorro se acurrucó a mis pies, como si también sintiera la tensión contenida en el aire. Me acaricié el abdomen instintivamente, recordando la imagen que habíamos visto en la clínica, el pequeño destello de vida que nos había dado tanta claridad y, a la vez, tantas preguntas.

—¿Quieres que pongamos algo de música? —preguntó él, rompiendo el silencio con suavidad mientras estacionaba—. Algo tranquilo.

Asentí apenas. No necesitaba palabras, solo quería sentir que estaba cerca, que no me soltaba, que me acompañaba en cada pensamiento, en cada miedo, en cada esperanza.

Entramos en la casa, y él fue hacia la cocina, dejando que yo me acomodara en el sofá. El cachorro saltó sobre mí, y yo lo abracé, notando cómo su calor me daba un extraño consuelo en medio de tantas emociones encontradas. Él volvió con una manta ligera y me la puso sobre los hombros sin decir nada más. Era un gesto simple, pero decía más que mil palabras: estoy aquí contigo, no estás sola.

—Podemos sentarnos aquí un rato —dijo, dejándose caer a mi lado—. Sin prisa, sin expectativas. Solo nosotros y el cachorro.

Me apoyé contra él, sintiendo cómo su mano descansaba suavemente sobre mi brazo. Cerré los ojos un instante, dejando que todo lo que habíamos vivido en el día se asentara en mí. El ultrasonido, las palabras del médico, el test que todavía descansaba sobre la mesa… Todo giraba en mi cabeza, mezclando miedo y emoción, esperanza y responsabilidad.

—Es mucho —susurré, más para mí que para él—. No sé si estoy lista para esto…

—Lo sé —respondió, con esa calma que siempre lograba tranquilizarme—. Pero no tienes que estarlo sola. No ahora, ni nunca.

Un nudo se formó en mi garganta, y asentí lentamente. Él me tomó de la mano, apretándola suavemente, y me sentí extrañamente protegida, como si sus dedos pudieran sostener no solo mi mano, sino todo lo que sentía, todo lo que temía.

Me recosté un poco más, apoyando la cabeza en su hombro, y respiré hondo. El cachorro dormía entre nosotros, y por un instante, todo parecía más tranquilo, más posible. Podía sentir cómo mi mente seguía corriendo, evaluando todas las opciones, todos los planes, todas las conversaciones que aún no habíamos tenido. Pero su presencia hacía que el peso fuera más soportable.

—Vamos a planear todo poco a poco —susurró—. Nada tiene que ser inmediato. Solo… pasos pequeños.

Asentí, sintiendo cómo la ansiedad comenzaba a transformarse en algo diferente: determinación. Me imaginé cómo sería nuestra vida, cómo organizaríamos el trabajo, la casa, nuestros horarios, nuestras familias. Cada pensamiento me daba miedo, pero también una extraña alegría. Saber que íbamos a hacerlo juntos hacía que todo fuera más llevadero.

—¿Y si… —empecé, dudando—. ¿y si algo sale mal? ¿y si no podemos con esto?

—Lo haremos —dijo con firmeza—. Encontraremos la manera. Juntos. Siempre juntos.

Sus palabras eran simples, pero tenían un peso increíble. Era como si me ofreciera un ancla en medio de un mar de dudas, un punto fijo en el que podía apoyarme sin miedo a caer. Cerré los ojos un instante, dejando que la emoción me atravesara, permitiéndome sentir todo lo que había estado conteniendo desde la mañana.

Pasamos un largo rato allí, abrazados, en silencio la mayor parte del tiempo. A veces me recostaba contra su pecho, escuchando su respiración, sintiendo cómo cada latido me recordaba que no estaba sola. Cada gesto suyo, cada caricia ligera, cada mirada que me lanzaba mientras mirábamos al cachorro dormido, me hacía sentir que todo era posible, que podíamos con esto.

Empecé a pensar en cómo le contaría a nuestras familias, cómo organizaríamos nuestra vida, cómo hablaríamos del bebé en el trabajo, de cómo integrar todo lo que venía sin que nos abrumara. Cada pensamiento estaba cargado de miedo y de ilusión, de responsabilidad y de amor. Pero sobre todo, de una certeza: que él estaba allí y que juntos íbamos a enfrentar lo que viniera.

El sol se fue filtrando más bajo por la ventana, pintando la habitación con tonos cálidos, y sentí que todo el día había pasado en un parpadeo. A pesar de la tensión, a pesar del miedo, había una sensación de calma que nunca antes había sentido: la certeza de que estábamos conectados, de que no había nada que no pudiéramos afrontar juntos.

—Gracias por estar aquí —susurré, apoyando mi frente contra su pecho—. No sé qué haría sin ti.

—Nunca tendrás que descubrirlo —respondió él, apretando suavemente mi mano—. Estoy aquí, siempre.

Y en ese momento, mientras el cachorro dormía entre nosotros y la luz de la tarde se colaba por las cortinas, entendí que aunque el futuro era incierto, había algo en nosotros que no lo era: nuestra capacidad de estar juntos, de apoyarnos, de enfrentar cualquier cosa que viniera.

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