Mundo de ficçãoIniciar sessão~ Perspectiva De Lara~
Después de unos minutos en silencio, él se acercó y apoyó suavemente su mano sobre la mía. No dijo nada al principio, solo me miró con esa mezcla de calma y preocupación que siempre lograba tranquilizarme sin palabras. —Lara… —dijo al fin, con la voz baja pero firme—. ¿Quieres que vayamos al médico? Solo para asegurarnos de que todo esté bien. Que sea verdad, y que tú estés bien. Me quedé un instante mirándolo, sintiendo cómo el corazón se me aceleraba. Por un lado, el miedo seguía allí, insistente, preguntándose si realmente estaba lista para enfrentar lo que venía. Por otro, había un alivio extraño: que él propusiera algo tan sensato y normal me hacía sentir que, pase lo que pase, no estaría sola. —Sí… —murmuré, casi sin darme cuenta de que estaba diciendo que sí—. Sí, me parece bien. Él sonrió levemente, y ese pequeño gesto logró que mi tensión disminuyera un poco. Pude notar cómo su mirada buscaba asegurarse de que estaba bien, de que no iba a colapsar de miedo ni emoción antes de tiempo. Aún así, había una energía en él, una mezcla de entusiasmo y cuidado que hacía que mi corazón diera un vuelco. Nos preparamos lentamente para salir, y cada movimiento estaba cargado de significado. Mientras me ayudaba a abrocharme el abrigo, sentí su mano cerca de mi espalda, casi rozándome, y un calor agradable me recorrió. Todo era tan cotidiano y, al mismo tiempo, tan importante. Cada detalle parecía amplificado por lo que sabíamos que estaba por venir. —No tienes que preocuparte —me dijo mientras caminábamos hacia el coche—. Solo vamos a comprobar que todo esté bien, y nada más. Yo asentí, aunque en el fondo sabía que sería imposible no preocuparse. La mente se me llenaba de preguntas: ¿Y si no es todo normal? ¿Y si algo falla? ¿Cómo reaccionaremos? Pero cada vez que lo miraba, veía la calma que irradiaba, y eso me daba fuerzas. El viaje hasta la clínica fue en silencio, pero no incómodo. Él conducía con cuidado, y yo lo observaba, pensando en cómo nuestra relación había evolucionado tan rápido, y cómo ahora estábamos aquí, enfrentando algo que cambiaría nuestras vidas para siempre. Sentí una mezcla de miedo y emoción que no había experimentado antes. Al llegar, él abrió la puerta y se aseguró de que yo entrara primero. Cada gesto suyo me decía que estaba allí para mí, no solo como pareja, sino como alguien que quería protegerme y apoyarme en todo momento. Caminamos por el pasillo de la clínica, y cada sonido, cada olor, cada detalle me hacía más consciente de la realidad: estaba embarazada, y él estaba a mi lado para enfrentarlo. Cuando nos sentamos en la sala de espera, nuestras manos se encontraron por un instante. No hizo falta decir nada; un simple roce fue suficiente para transmitirme tranquilidad. Respiré hondo, intentando calmar los nervios que se habían instalado en mi estómago. —Todo va a estar bien —susurró, apenas audible para mí—. Lo confirmaremos pronto, y luego podremos… planear lo que venga. Yo asentí, aunque una parte de mí seguía temblando por dentro. Era increíble cómo un simple test podía cambiar tanto, y cómo la presencia de alguien podía hacer que ese cambio pareciera menos aterrador. Cuando finalmente nos llamaron, me levanté lentamente, sintiendo el peso de cada pensamiento. Él se colocó a mi lado, ofreciéndome su brazo, y yo lo tomé sin dudarlo. Cada paso hacia la consulta era un paso hacia lo desconocido, pero también un paso hacia la certeza de que no estaba sola. Dentro de la consulta, el médico nos recibió con amabilidad y profesionalidad. Explicó los pasos del ultrasonido, cómo íbamos a comprobar que todo estuviera en orden y qué señales deberíamos buscar. Cada palabra me tranquilizaba, aunque mi corazón seguía latiendo con fuerza. Él estaba a mi lado, tomándome la mano suavemente, y sentí cómo ese contacto me daba coraje. —Listos cuando tú digas —me dijo, apenas un susurro—. No hay prisa. Asentí y me recosté ligeramente, mientras él ajustaba su mano sobre la mía. Cada segundo en esa posición me recordaba lo afortunada que era de tenerlo allí, de que alguien compartiera este momento conmigo, de que no tuviera que enfrentar sola lo que estaba por venir. El sonido del ultrasonido llenó la habitación, y mis ojos se abrieron como platos al ver la primera imagen, pequeña pero perfecta. Mi respiración se detuvo por un instante, y luego todo el miedo y la emoción se mezclaron en lágrimas silenciosas que comenzaron a rodar por mis mejillas. Él me miró, sonriendo, y yo sentí cómo mi corazón se derretía. —Está todo bien —dijo, con voz suave y firme—. Todo está perfecto. Me apoyé en su hombro, sintiendo una mezcla de alivio, felicidad y sorpresa. Podía escuchar cómo su corazón también latía acelerado, y supe que él estaba tan conmovido como yo, aunque tratara de mantener la compostura. —Gracias por estar aquí —murmuré—. No sé qué haría sin ti. —Siempre estaré —respondió él, apretando mi mano ligeramente—. No importa lo que venga. Nos quedamos allí un momento más, solo respirando, dejando que la realidad se asentara lentamente. El miedo seguía allí, pequeño y persistente, pero también había un hilo de certeza que se estaba tejiendo entre nosotros. Habíamos descubierto algo increíble, algo que cambiaría nuestras vidas, y lo estábamos enfrentando juntos. Al salir de la clínica, mientras caminábamos hacia el coche, sentí que todo era un poco más real, un poco menos aterrador. Él caminaba a mi lado, con la mano rozando la mía de vez en cuando, y su presencia me daba fuerza. No había palabras suficientes para describir lo que sentía, solo la certeza de que, pase lo que pase, no estaría sola. —Vamos a casa —susurró mientras abríamos la puerta del coche—. Podemos sentarnos, hablar… o simplemente quedarnos juntos un rato. Asentí, sabiendo que no necesitábamos más explicaciones. Todo lo que importaba era que estábamos juntos, y que lo que empezaba aquel día marcaría un antes y un después en nuestras vidas.






