Capítulo 112. Sin prisa
El martes amaneció con lluvia fina.
No era una tormenta ni un aguacero dramático, solo ese tipo de llovizna persistente que obliga a caminar un poco más lento. Salí de casa sin paraguas, dejé que el agua me mojara apenas el saco, como si no tuviera apuro por protegerme de nada.
En la oficina, el día transcurrió sin sobresaltos. Trabajé concentrado, con una claridad que no había tenido en semanas. Me sorprendí resolviendo cosas sin postergarlas, tomando decisiones pequeñas sin analizarlas hasta el cansancio. No era entusiasmo. Era presencia.
A media mañana, mientras revisaba unos informes, pensé en escribirle a Elena. No por necesidad, no por miedo al silencio. Solo porque me nació. Tomé el teléfono, escribí una línea… y la borré. No porque estuviera mal, sino porque no hacía falta llenar cada espacio.
Al mediodía salí a almorzar solo. Elegí un lugar sencillo, cerca de la oficina. Me senté junto a la ventana y observé a la gente pasar bajo la lluvia. Antes, esos momentos me pesaban. Ah