Damián se levantó de inmediato, demasiado rápido, como si el cuerpo hubiera estado esperando la orden toda su vida.
La siguió por el pasillo aunque ya se sabía el camino de memoria, y esa familiaridad le dio una punzada amarga, porque nadie debería conocer tan bien los pasillos de una clínica por un coma que no termina.
La enfermera le entregó lo que debía ponerse antes de entrar.
Se puso la bata desechable, el gorro y el cubrebocas con movimientos automáticos, como si el ritual lo ayudara a sostenerse.
Al final del pasillo, el doctor Anderson lo esperaba con una carpeta en mano, y en su rostro había ese gesto profesional que mezcla prudencia con advertencia.
—Buenas tardes, señor Blackwood. Antes de que ingrese, necesito que tenga algo claro. Dante no recuerda gran parte de su vida y es recomendable que sea prudente con la información que le proporcione.