Se acabó.
Damián se quedó inmóvil, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de golpe.
No era solo el nombre. Era lo que implicaba.
Porque Dante acababa de despertar después de catorce años y, entre todas las palabras posibles, eligió esa.
Emma.
Damián sintió una punzada seca en el pecho y el orgullo, ese reflejo viejo que siempre lo salvaba de verse vulnerable, no supo qué hacer ahí, en una habitación de clínica donde no había trajes impecables ni juntas que controlar, solo una cama, un monitor y la mirada frágil de su hermano intentando entender en qué mundo había despertado.
¿Había escuchado bien?
Su mente se movió rápido, buscando una lógica que lo calmara, y lo primero que encontró fue lo obvio, lo que se repetía como un martillo.
Dante no conocía a Emma.