Se acabó.
Damián se quedó inmóvil, como si el aire se hubiera vuelto más pesado de golpe.
No era solo el nombre. Era lo que implicaba.
Porque Dante acababa de despertar después de catorce años y, entre todas las palabras posibles, eligió esa.
Emma.
Damián sintió una punzada seca en el pecho y el orgullo, ese reflejo viejo que siempre lo salvaba de verse vulnerable