Si tú estás bien, yo también lo estaré.
El rostro de Caleb se volvió tan blanco como un papel.
Las mejillas que segundos atrás estaban encendidas por el enojo, por la exigencia y por esa versión dura que Emma no conocía de él, desaparecieron como si alguien le hubiera quitado la sangre de golpe y se quedó mirándola como si hubiera visto un fantasma.
Emma no necesitó que él dijera nada para entenderlo. El silencio, esa pausa torpe en la que su mente buscaba una salida, confirmaba lo