Los hermanos Ferguson.
Por un segundo, a Emma se le olvidó respirar.
No porque estuviera asustada… sino porque ese instante le devolvió algo que no sabía que extrañaba tanto.
—¡Emma!
Los dos hombres se acercaron sin dudarlo, co.o.si hubiesen contado los segundos para ese momento.
El primer abrazo la atrapó con una fuerza medida, como si quisieran apretarla contra el pecho y, al mismo tiempo, no romper nada.
El segundo llegó después, más cálido, más juguetón, y terminó de aflojarle algo adentro que llevaba días apretado.
Emma devolvió ambos abrazos con una emoción que le subió a la garganta sin pedir permiso.
Ahí, entre brazos familiares y colonia cara, volvió a sentirse “la pequeña” por un instante. No la vicepresidenta, no el titular de escándalo, no la mujer que cargaba un embarazo como si fuera un