Heredera en guerra.
Emma entró al despacho de su padre con la misma sensación con la que uno se sube a un elevador cuando ya va tarde.
Una mezcla rara entre “puedo con esto” y “por favor que no se rompa ahora”.
Había estado ahí mil veces cuando era más joven, cuando aún podía sentarse en esa silla sin pensar en titulares ni en reputaciones, pero esa noche el lugar se sentía distinto.
No era que el despacho hubiera cambiado, era ella, porque ahora cargaba un cargo, una guerra mediática y un bebé que le recordaba, con su simple latido, que todo lo que hiciera tenía consecuencias.
Peter caminó hacia el escritorio con calma y con esa expresión que Emma conocía demasiado bien.
Emma notó algo que la inquietó un poco, porque detrás de esa serenidad había una satisfacción contenida, como si ya tuviera el plan completo armado y solo estuviera esperando el momento de mover la