Heredera en guerra.
Emma entró al despacho de su padre con la misma sensación con la que uno se sube a un elevador cuando ya va tarde.
Una mezcla rara entre “puedo con esto” y “por favor que no se rompa ahora”.
Había estado ahí mil veces cuando era más joven, cuando aún podía sentarse en esa silla sin pensar en titulares ni en reputaciones, pero esa noche el lugar se sentía distinto.
No era que el despacho hubiera cambiado, era ell