Han perdido su tiempo.

Emma no veía la sala, pero la escuchaba demasiado bien.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Desde el baño, con la puerta apenas entornada, se obligaba a respirar despacio, como si el aire pudiera ordenar el caos.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

Tenía la palma apoyada contra el lavabo y la otra cerca del vientre, no como un gesto dramático sino como un reflejo.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎

“Tranquila… tranquila”, se decía, aunque su cuerpo ya había entendido la amenaza antes que su cabeza.‏‏‎‎‏‏‎‎ ‏‏‎‎‏‏‎‎‏‏‎‎
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