Emma decide.
Victoria miró a Caleb con un brillo filoso, lista para seguir con la misma historia que ella misma había sembrado, pero Caleb no le regaló ni una pizca de incomodidad.
Ni un parpadeo de más.
Se limitó a inclinar apenas la cabeza, como si fuera a responderle en una junta y no a una mujer que había convertido un abrazo en un escándalo mundial.
—Señora Blackwood, usted no tiene derecho de hablar mal de nadie en esta empresa. Y menos de alguien que usted misma se encargó de difamar. Le recuerdo, que usted inicio todo este escándalo. Si no fuera por sus malas intenciones, nadie estaría hablando de la vicepresidenta Rivera, y mucho menos inventando que yo soy su… “amante”. ¿Sabía que puedo tomar medidas legales en su contra?
La palabra le salió sin énfasis, como si no mereciera el aire, y aun así la oficina entera se tensó.
Emma apretó los dedos contra la botella