La comida llegó como siempre: una ceremonia de silencio y precisión. Una mujer joven abrió la puerta y dejó la bandeja en la entrada con maniobras aprendidas —no miró demasiado, solo posó la bandeja, inclinó la cabeza y se marchó con la ligereza de quien ha cerrado ya su parte del trato—. El arroz humeaba; el olor a miso rozaba los bordes del tatami; los pétalos del té flotaban en un cuenco al lado. Todo era pulcritud, incluso la indiferencia que disimulaba vigilancia.
Erika vio la bandeja desd