Todo allí daba la impresión de estar sispendido en el tiempo. Aunque habían elementos contemporaneós, la tradición estaba impreganda en cada rincón. La casa olía a incienso y a metal. El tatami absorbía el silencio con la voracidad de un animal que no admite errores; las lámparas arrojaban una luz pálida, religiosa, y las sombras se plegaban en las esquinas como obedientes discípulos. Las alfombras eran austeras, los arreglos florales minuciosos. Afuera, Tokio respiraba indiferente; adentro, la