La lluvia había dejado el jardín empapado en un brillo que multiplicaba las linternas. La casa de Takeshi, esa mezcla de madera centenaria y vidrio moderno, respiraba un silencio tenso; las sombras se pegaban a las paredes como si quisieran esconderse de la mirada del hombre que llegaría. Los sirvientes conocían el signo: cuando el wakagashira venía, las cosas pasaban de ser simples rutinas a ejercicios de etiqueta mortal. Se apartaban, no por respeto fácil, sino porque el aire traía un mandato