La mañana no entró con estruendo; se filtró tímida. La luz que lograba colarse por los paneles cerrados era pálida, teñida de gris, y dibujaba sobre el edredón líneas suaves y frías. El cuarto respiraba aún el calor de la noche, pero ahora ese calor se mezclaba con la gravedad nueva que pesaba sobre la casa: la responsabilidad que acababa de caer sobre hombros jovenes, pero firmes.
Takeshi despertó como quien termina de recordar algo que no quiere admitir: despacio, sin sobresaltos. Permaneció