La sala de reuniones del clan no tenía la teatralidad solemne de una película; era, en su austeridad, la maquinaria fría de un poder que no perdona distracciones. Ventanales con persianas eléctricas dejaban entrever la noche de Tokio como una malla de luces y promesas ajenas; debajo, una mesa ancha de madera ennegrecida ocupaba todo el centro, rodeada de sillas de cuero. Pantallas integradas presentaban mapas de rutas, contenedores, números: la economía del control traducida en cifras. En una e