La habitación estaba pensada para ser un refugio: paredes de cristal polarizado que, a voluntad, se volvían espejo o cegaban la vista; una cama baja, blanca, impecable; un baño en suite cerrado con una puerta que se accionaba por huella. Pero la seguridad —como siempre en la casa de una persona metida hasta el cuello en la mafia— pensó primero en la contención. Cámaras diminutas en las esquinas; sensores de movimiento pegados a los marcos; un pequeño panel con luces rojas y verdes que marcaban