El avión atravesó la noche de Tokio con la puntualidad de un reloj suizo. Cuando la escalinata tocó tierra, no descendió un hombre, sino una procesión silenciosa que respiraba poder. Dante bajó primero: impecable, con el traje negro que parecía tejido de autoridad. Tras él, una escolta de seis hombres —su guardia personal, curtidos en guerras que nunca salieron en los periódicos— se desplegó con la frialdad de una coreografía ensayada. Ninguno llevaba insignias, pero bastaba la mirada de acero