La casa de Takeshi ya no olía a sólo madera y té templado: olía a vigilancia. Había una lógica metálica que se había posado en cada estancia, una red de miradas y lentes que convertía el hogar en cuartel. Desde la ventana, la tarde parecía una acuarela que había sido pintada sobre vidrio blindado: los jardines continuaban perfectos —grava rastrillada en líneas obsesivas, bambús peinados por manos que no dejaban ni una brizna fuera de lugar—, pero la vida natural se movía ya con discreción, como