El despacho parecía un animal que había envejecido educadamente: madera oscura, estantes cargados de volúmenes que olían a humo y tiempo, la alfombra gastada en el sitio donde Dante siempre apoyaba los pies. Afuera, la lluvia barría las colinas como si quisiera lavar la culpa de la tierra; adentro, la luz era cálida, amarillenta, y el reloj de pared golpeaba los segundos con la lentitud propia de las sentencias. Sobre la mesa central, desplegado como un campo de batalla en miniatura, había un m