El lugar parecía haberse convertido en una escena donde todo estaba previsto para que la vergüenza tuviera su noche. Las linternas habían sido afinadas, las sombras colocadas con paciencia de artesano. Desde la casa, la arboleda proyectaba siluetas recortadas, y el aire olía a viento frío mezclado con el tenue humo del incienso que seguía ardiendo en el vestíbulo: un olor que en la casa significaba oración, memoria, control. Los hombres de Takeshi se movían como una extensión de su voluntad: si