La puerta se cerró con ese sonido seco y definitivo que siempre había tenido el poder de transformar el espacio en destino. No fue un golpe; fue la afirmación de un cerrojo que conocía el oficio de insistir. Erika quedó dentro con la luz justa para ver cada esquina: el tatami impecable, el futón doblado con precisión, una mesa baja con un cuenco de arroz sin tocar. La habitación olía a madera y a incienso, pero ahora el aroma tenía la densidad de una tapadera: bonito, pulcro, y por debajo, la m