El quirófano era un campo de guerra silencioso, donde el sonido de las máquinas era el único lenguaje permitido. Las luces blancas iluminaban el rostro pálido de Dante, quien yacía inconsciente, con el pecho abierto por manos expertas que luchaban contra el tiempo. El disparo había sido preciso, cruel, perforando cerca del corazón, rozando una arteria vital. Sangraba mucho. Demasiado.
—¡Compresor, ahora! —gritó uno de los cirujanos mientras su asistente le secaba la frente empapada de sudor.
Afu