Llegaron en silencio: las tres camionetas oscuras se detuvieron con precisión delante de un tramo comercial típico de la ciudad —no un centro comercial anónimo, sino un corso largo, con aceras amplias, fachadas ocres y persianas de madera—. La arquitectura tenía esa urgencia mediterránea, balcones de hierro forjado donde tendederos se mezcían con macetas, toldos rayados que abanicaban las vitrinas. Al sol, el empedrado devolvía un brillo pálido y las gentes de la mañana se escabullían entre esc