El teléfono sonó como un cuchillazo en la madrugada: estridente, preciso, arrancando a Dante del borde entre el sueño y la vigilia. Tardó un segundo en enfocar, en adivinar el brillo azul de la pantalla, y contestó sin mirar el nombre.
—¿Sí? —su voz aún venía arrastrada del sueño.
—Ya estamos en Washington —contestó Asgeir, al otro lado, con voz firme pese al cansancio—. El equipo ya está desplegado. Fabio está bajo custodia. Todo está bajo control.
Dante se incorporó despacio en la cama. La ha