Le bastó un segundo para ver lo obvio: los hombres de Dante. Altos, vestidos de traje negro con esa rigidez militar que delataba a cualquiera de su clan. Dos en la puerta principal de la tienda; otros dos, apenas visibles, custodiando la salida trasera. Y seguro había más, mezclados entre los transeúntes.
Su primera reacción fue pura rabia, pero la segunda, más peligrosa, fue un impulso. No podía dejar pasar esa oportunidad.
Respiró hondo, obligándose a contener la avalancha de adrenalina, y co