La puerta se abrió con un golpe seco que partió la noche en dos. Leo, que por fin se había rendido al cansancio de estar toda la noche haciendo cosas de hacker, dio un respingo en la cama, como si el colchon le hubiera lanzado una descarga. Un monitor encendido bañaba la habitación con un resplandor frío; los cables colgaban como enredaderas de una selva de metal. El cuarto olía a café viejo y a ozono de ordenador.
Cuando Leo giró, lo encontró de pie en el umbral: Dante. No necesitó hablar para