Versano permaneció inmóvil un segundo más de lo estrictamente necesario, como saboreando la gravedad de lo que había en esa sala. La luz fría del búnker caía en líneas duras sobre las carpetas, dejando flotar partículas de polvo que parecían pequeñas promesas rotas. El silencio era denso, medido —un silencio con memoria—; sólo el zumbido remoto del equipo de climatización le recordaba que seguía vivo.
Abrió la primera carpeta y una ráfaga de olor a papel viejo y tinta salpicó sus recuerdos. Nom