La biblioteca tenía el aire espeso de las decisiones que no admiten corrección. La mesa baja, el tatami desplegado con pulcritud, la caja de olivo cerrada como un corazón. Afuera, el jardín de la villa olía a cítricos y a mar; adentro, a té tostado y a cuero viejo. La luz caía en diagonal, desnudando las motas de polvo que flotaban como pequeños testigos.
—Esto debe ser una mala broma —soltó uno de los japoneses, poniéndose de pie con un chasquido de tela.
El Oyabun, Hitoshi, solo lo miró. No hi