La villa, ese día, respiró distinta. No era solo el peso de los cuerpos, era el de las lealtades tensas que colgaban del techo como lámparas: treinta hombres japoneses ocupando pasillos y galerías, su disciplina sin ruido; y, alrededor, el pulso grave del clan Bellandi, los calabreses, la familia entera desperdigada como piezas de ajedrez muy conscientes de cada casilla. El aire olía a cera de madera, a té tostado, a pólvora dormida.
En el corredor principal, la alfombra engullía pasos y palabr