La villa respiraba en silencio, con las luces bajas encendidas como luciérnagas disciplinadas y la bruma del Tirreno trepando por los cipreses. En el patio, hombres con manos de mecánico y pasos de gato arreglaban, una a una, las piezas invisibles del protocolo: el camino de grava peinado, las cámaras dormidas en ángulos ciegos, el personal llevado a una coreografía de murmullos. En la biblioteca, el tatami recién desplegado olía a paja limpia; sobre una mesa baja, reposaba una caja de olivo co