Las paredes de la sala estaban revestidas con madera oscura, gruesa, olorosa a cigarro viejo. Una larga mesa de mármol negro dominaba el centro, iluminada por lámparas industriales que colgaban sobre las cabezas de los presentes como cuchillas.
Dante Bellandi se mantenía de pie. No usaba chaqueta, solo camisa negra, mangas arremangadas, las venas marcadas en los antebrazos, el rostro helado, sin rastro de las heridas que aún ardían bajo el vendaje de sus costillas. A su lado, Ásgeir, Gregor, Er