La madrugada avanzaba densa sobre la casa de Como, y aunque a simple vista todo parecía en calma, en el corazón del refugio los engranajes de la guerra no habían parado de girar.
Ásgeir estaba inclinado sobre el mapa extendido sobre la mesa de mármol, marcando rutas, posibles emboscadas y puntos ciegos con la precisión quirúrgica de un asesino de élite. Gregor murmuraba por un canal cifrado con sus contactos, la mandíbula tensa, la voz reducida a una línea afilada como hoja de bisturí.
Rinaldo