La biblioteca seguía oliendo a madera envejecida, a cuero, a tinta dormida. Svetlana estaba sentada en la silla de Dante, los papeles abiertos frente a ella como mapas de una guerra en la que no había querido participar, pero que ahora tenía que ganar.
Giovanni se mantenía de pie cerca de la estantería, confundido, mudo, atrapado entre el deber, el deseo y la falta de respuestas. Ella lo había mirado con fuerza, con esa autoridad cruda que no se aprendía… se nacía con ella.
—Habla —le había exi