El murmullo sordo de la televisión aún flotaba en el aire, como un eco que se negaba a desaparecer. Svetlana no escuchaba ya las palabras. El rostro de Dante, congelado en la pantalla, esposado, de rodillas, con la cabeza en alto… ese retrato bastaba para anclarla en una realidad que no quería aceptar.
Por un instante, sus piernas flaquearon. Lo suficiente como para que Tatiana, su madre, se adelantara unos pasos con un gesto temeroso. Pero Svetlana alzó una mano al aire, firme, imperativa. No