El cielo comenzaba a volverse gris sobre el Lago di Como. No era lluvia aún. Era ese tipo de nublazón cargada que no mojaba la piel pero sí la conciencia. En la propiedad, el ruido de motores apagados, pasos controlados y voces en susurros sustituía lo que alguna vez fue música, copa de vino y risas lejanas.
El corazón del clan se había vuelto un músculo tenso.
Svetlana estaba en el vestíbulo principal, enfundada en ropa de viaje: pantalón negro ajustado, camiseta de cuello alto, botas de comba