Luego, el resto del día pasó en esa habitación del hospital. Y nuestro silencio cómplice o nuestras conversaciones, banales o no, hacían que el tiempo pasara más rápido de lo que creía posible.
Esa noche, por mucho que quisiera dormir con él sin importar lo incómodo que sería pasar más tiempo en esa silla, tuve que empacar mis cosas para volver a casa. Ya había pasado toda la tarde ignorando las llamadas de mi madre y sabía que no sería muy responsable hacer eso por más tiempo.
—¿Vienes mañana?