—Eres hermosa, Maya. —Habló de nuevo, deslizando su mano sobre mi vientre flácido. —No hay absolutamente nada que cambiaría en ti. —Continuó levantando sus palmas y deslizándolas sobre mis hombros, luego bajando por mis brazos. —Este es el cuerpo de la persona que amo, —esta vez, bajó hasta mis muslos gruesos. —y no dejaré que nadie lo desprecie, —Finalmente, levantó una sola mano por mi ingle, hasta que se detuvo en esta zona en un toque íntimo. —ni siquiera tú.
Contuve la respiración, casi si