—Lo juro. —Respondió, abrazándome más fuerte. —Me pones tan duro con solo mirarte, cariño.
Giré mi rostro para encararlo, mordiéndome el labio para contener una sonrisa traviesa.
—¿Quieres tener sexo ahora? —Ofrecí.
—Quiero. Pero necesito trabajar.
Apreté mis labios en un puchero descontento, pero no traté de contradecirlo. No trabajó durante todo el sábado y, aunque prefería que descansara, sabía que no se iba a tranquilizar hasta que terminara todo lo que tiene que hacer.
—Está bien… —Dije, d