En la pantalla vi a una mujer. Era muy bonita, como las princesas de los cuentos, pero sus ojos daban miedo. Tenía el cabello rojo ahora, pero su mirada era fría, como hielo. Estaba sentada en un lugar lujoso, con una copa en la mano.
Amelia me miró a través de la pantalla. Frunció el ceño, sus ojos recorriéndome de arriba abajo con un asco que nunca había visto en nadie.
—Tú... —susurró.
Sostuve su mirada. No iba a llorar frente a ella.
—Eres un maldito mocoso —dijo ella, escupiendo las palabras—. Te has metido en mis planes. Deberías estar llorando con tu madre, no aquí estorbando.
Fruncí el ceño, apretando la mano de Andrés más fuerte.
—No dejaré que te lleves a mi hermano —dije. Mi voz sonó pequeña, pero firme—. Eres una mujer mala.
Amelia soltó una risa seca, sin alegría.
—¡Ja! Qué valiente. Te pareces a tu padre, igual de terco y estúpido —dijo, acercando su cara a la cámara—. ¿Crees que puedes detenerme? Solo eres un niño.
—Traigan a ese mocoso —ordenó Amelia al hombre, su expr