El silencio de nuestra casa ya no era paz; era una entidad física, pesada y asfixiante, que se había colado en cada rincón donde antes resonaban las risas de mis hijos. Estábamos en la sala de estar, convertida ahora en un centro de comando improvisado por la policía. Cables negros serpenteaban por el suelo de madera, conectando dispositivos de grabación a nuestros teléfonos fijos y móviles. Hombres uniformados y detectives de civil se movían con una eficiencia silenciosa, hablando en susurros,