El silencio de nuestra casa ya no era paz; era una entidad física, pesada y asfixiante, que se había colado en cada rincón donde antes resonaban las risas de mis hijos. Estábamos en la sala de estar, convertida ahora en un centro de comando improvisado por la policía. Cables negros serpenteaban por el suelo de madera, conectando dispositivos de grabación a nuestros teléfonos fijos y móviles. Hombres uniformados y detectives de civil se movían con una eficiencia silenciosa, hablando en susurros, como si estuvieran en un velorio. Y en cierto modo, se sentía así.
Yo estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia el jardín vacío donde horas antes mis hijos jugaban. Pero mis ojos no podían dejar de desviarse hacia Rebeca.
Estaba sentada en el sofá, encogida sobre sí misma, como si tratara de ocupar el menor espacio posible en un mundo que de repente se había vuelto demasiado grande y hostil. En sus manos sostenía una pequeña camiseta azul con el estampado de un superhéroe. Era de Aiden. L