Mundo ficciónIniciar sesiónSinopsis El mayor error del padre de Alicia fue apostar más de lo que podía pagar. Ahora, ahogado en deudas con un hombre poderoso y despiadado, quien le pide a su hija: A cambio de perdonarle la vida. Alexei jamás quiso casarse por amor. Lo único que necesita es una esposa para silenciar a su insistente madre, quien no deja de presionarlo para que se casé. Un matrimonio por conveniencia le permitirá mantener las apariencias mientras continúa viviendo su vida exactamente como quiere. Para Alicia, aceptar ese trato significa sacrificar su libertad para salvar a su padre. Para, es solo un contrato. Ninguno de los dos esperaba que convivir bajo el mismo techo despertara sentimientos que jamás estuvieron escritos en las cláusulas del acuerdo. Porque el amor nunca respeta los contratos... y mucho menos cuando dos completos extraños se ven obligados a decir: "Sí, acepto."
Leer másEl viento helado recorría las calles desiertas de la ciudad, levantando pequeñas nubes de polvo y haciendo bailar las hojas secas sobre el pavimento.
Alicia Ristol caminaba con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando conservar un poco de calor. Su delgada figura temblaba bajo la vieja chamarra que apenas lograba protegerla del frío. Tenía veinte años. Su cabello rubio caía en suaves ondas hasta la mitad de la espalda, brillando incluso bajo la tenue luz de los postes. Sus grandes ojos azules transmitían una mezcla de dulzura y fortaleza, mientras su piel blanca y su sonrisa encantadora lograban llamar la atención incluso cuando ella intentaba pasar desapercibida. Pero esa noche no sonreía. Solo caminaba. El taxi se había negado a entrar a esa parte de la ciudad. —Hasta aquí llego, señorita. Si quiere seguir, tendrá que hacerlo caminando. No era la primera vez que escuchaba esas palabras. Pagó el viaje, bajó del vehículo y continuó sola por aquellas calles oscuras donde los neones de los bares iluminaban apenas las banquetas. Conocía esos rumbos. Lamentablemente. Frente a uno de los clubes nocturnos vio el viejo automóvil de su padre estacionado. Suspiró con resignación. —Otra vez... Desde hacía meses aquella escena se repetía una y otra vez. Entró al establecimiento mientras la música ensordecedora hacía vibrar las paredes. El humo de los cigarros, las risas escandalosas, el olor a alcohol y el ruido de las máquinas de apuestas se mezclaban en un ambiente que siempre le provocaba rechazo. Algunas personas voltearon a verla. Una joven tan hermosa no pertenecía a un lugar como ese. Se acercó al encargado. —Buenas noches busco a Arturo Ristol. El hombre levantó la vista apenas unos segundos. —Mesa quince. Alicia agradeció con un movimiento de cabeza y caminó entre los jugadores hasta encontrar a su padre. Arturo Ristol, un hombre de cabello gris, rostro cansado y profundas ojeras, permanecía completamente concentrado frente a la mesa de apuestas. Sus manos temblaban. Sus ojos estaban inyectados de esperanza... o desesperación. —Padre... vamos a casa. El hombre ni siquiera volteó a verla. —Ya mero gano. Movió unas fichas sin apartar la vista del juego. —Ve con tu madrastra. Alicia soltó un suspiro. Siempre era igual. Siempre prometía que aquella sería la última apuesta. Siempre decía que estaba a punto de recuperar todo. Y siempre terminaban perdiendo. Ella acababa de salir de trabajar. Había llegado a casa esperando encontrarlo para cenar juntos. Pero como las veces anteriores, la casa estaba sola. Lo que Arturo olvidó era que Leonor, su esposa, y Elizabeth, la hija de ella, habían salido de viaje esa misma mañana. Ninguna de las dos sabía que la situación económica de la familia estaba a punto de desplomarse por completo. Mientras Alicia esperaba pacientemente que su padre reaccionara, un hombre de unos cuarenta años se acercó con una copa de licor en la mano. La recorrió de arriba abajo sin ningún pudor. Sonrió con descaro. —¿Cuánto cobras por una noche, preciosa? Alicia sintió cómo la sangre le hervía. Sus manos se cerraron en puños. Antes de que pudiera responder, Arturo se levantó de golpe. —¡¿Qué dijiste de mi hija?! Empujó al desconocido. —¡Si está aquí es por qué es una prostituta.! El hombre respondió con otro empujón. En cuestión de segundos comenzaron los gritos. Las mesas se movieron. Las fichas cayeron al suelo. Varios clientes se levantaron para apartarse mientras los guardias del establecimiento corrían hacia ellos. —¡Sáquenlos! Dos hombres sujetaron a Arturo por los brazos mientras este seguía intentando golpear al desconocido. —¡Atrévete a volver a verla! —¡Padre, basta! Alicia intentó detenerlo, pero ya era demasiado tarde. Ambos fueron expulsados del lugar entre insultos y empujones. Cuando la puerta se cerró detrás de ellos, Arturo respiraba con dificultad. —Por eso no debes venir. Alicia lo miró con tristeza. —Yo no estaría aquí si tú no vinieras todos los días. Aquellas palabras fueron suficientes para hacerlo guardar silencio. Subieron al viejo automóvil. El trayecto transcurrió completamente en silencio. Solo se escuchaba el ruido del motor. Al llegar a una avenida principal, Arturo detuvo el vehículo y levantó la mano para llamar un taxi. El conductor frenó frente a ellos. —Vete a casa. Alicia negó con la cabeza. —No pienso dejarte solo. Arturo abrió la puerta del automóvil. —Hazme caso. —No. Su padre perdió la paciencia. La tomó del brazo, la ayudó a bajar y prácticamente la obligó a subir al taxi. —Cena y duerme, mi niña. Antes de que pudiera responder, cerró la puerta. El taxi apenas iba avanzar cuando... Alicia le dijo que la dejara salir y descendió. El conductor golpeó el volante con frustración. —¡Solo me hicieron perder el tiempo! Arrancó mientras lanzaba un par de insultos. Alicia observó cómo desaparecía entre el tráfico. Su padre soltó una pequeña risa amarga. —Siempre hacemos lo mismo. Ella simplemente subió al carro de su padre junto a él hasta llegar a la vieja casa donde habían vivido desde que ella era niña. Nada más entrar, Arturo levantó la voz. —¡Leonor! ¡Ven un momento! El silencio respondió. Alicia dejó las llaves sobre la mesa. —Se fue de viaje con Elizabeth. ¿Ya lo olvidaste? Arturo permaneció unos segundos confundido. Después comenzó a buscar las llaves del automóvil. No las encontraba. Alicia las había tomado discretamente. Sin decir una sola palabra, comenzó a subir las escaleras. Entró en su habitación. Cerró la puerta con llave. Luego arrastró una silla y la colocó bajo el picaporte. No tardaron en escucharse los golpes. —¡Alicia! Golpe. —¡Dame las llaves! Golpe. —¡Abre la puerta! Ella permanecía inmóvil al otro lado. Con los ojos cerrados. Las lágrimas comenzaron a resbalar lentamente por sus mejillas. No era la primera vez. Y temía que tampoco fuera la última. Después de varios minutos los golpes cesaron. Escuchó los pasos de su padre alejándose lentamente. Finalmente el silencio regresó. Sabía perfectamente qué ocurriría después. Arturo se dejaría caer en el viejo sofá de la sala y terminaría profundamente dormido hasta el amanecer. Alicia soltó el aire lentamente. Entró al baño. El agua caliente alivió un poco el frío que había acumulado durante la noche. Cuando salió, se puso un viejo pijama y se acostó en la cama. Miró el techo durante largo rato. Quería creer que algún día todo cambiaría. Que su padre volvería a ser el hombre trabajador y alegre que recordaba de su infancia. Sin darse cuenta, terminó quedándose dormida. El despertador sonó a las cinco y media de la mañana. Alicia abrió los ojos con dificultad. Se levantó en silencio. Abrió el clóset. Como cada día, eligió los mismos jeans desgastados, una blusa amplia color crema y los únicos tenis que aún conservaba en buen estado. Recogió su cabello en una coleta alta y salió de la habitación. La casa permanecía completamente silenciosa. Preparó café. Huevos revueltos. Un poco de pan tostado. Dejó el desayuno servido sobre la mesa. Después caminó hasta la sala. Arturo seguía profundamente dormido, abrazando un cojín como si fuera un niño perdido. A pesar de todo... Seguía siendo su padre. Se inclinó con ternura y besó su frente. —Cuídate, papá... Susurró. Tomó su mochila y salió rumbo al restaurante donde trabajaba. Al llegar registró su entrada. Aquel día tendría doble turno. Necesitaba cada peso que pudiera ganar. Las deudas aumentaban. La comida comenzaba a faltar. Y el futuro se veía cada vez más incierto. Mientras acomodaba las mesas para recibir a los primeros clientes, un extraño presentimiento recorrió todo su cuerpo. No podía explicarlo. Pero sentía que algo estaba por suceder. No imaginaba que, su vida cambiaría para siempre.Alicia retrocedió un paso por puro instinto. Su espalda chocó contra la pared y, durante un instante, sintió que el aire abandonaba sus pulmones. El hombre frente a ella imponía demasiado. No era solo su estatura o la frialdad de sus ojos grises. Era la forma en que permanecía inmóvil, como un depredador seguro de que su presa no tenía escapatoria. Alicia tragó saliva. Tenía miedo. Muchísimo miedo. Pero si ella se derrumbaba... ¿Quién protegería a su padre? Cerró los puños con fuerza hasta clavarse las uñas en las palmas y obligó a su voz a mantenerse firme. —Señor... si mi padre le debe dinero... Alexei arqueó una ceja. —¿Eso es una pregunta? Ella negó rápidamente. —No... me imagino que sí le debe. Respiró hondo antes de continuar. —Pero le pagaremos todo. Se lo prometo. La expresión de Alexei no cambió. —¿Cuándo? Aquella simple palabra cayó como una sentencia. Alicia buscó desesperadamente una respuesta. —Venderemos la casa y... Alexei l
El camino de regreso a casa transcurrió en absoluto silencio. Alicia conducía con las manos aferradas al volante, mientras su padre permanecía recostado en el asiento del copiloto, con la mirada perdida detrás del parabrisas. Ninguno de los dos encontraba las palabras. Cuando llegaron, Alicia ayudó a Arturo a entrar. Lo sentó con cuidado en el viejo sofá de la sala y fue hasta la cocina. Llenó un vaso con agua y regresó. —Bébela despacio. Arturo obedeció sin protestar. Sus manos temblaban tanto que parte del agua terminó derramándose sobre su pantalón. Alicia se arrodilló frente a él. Nunca lo había visto tan derrotado. —Padre... Él levantó lentamente la mirada. —Hay que vender la casa. Las palabras salieron con dificultad. Como si pronunciar aquella idea le rompiera el corazón. Arturo negó de inmediato. —No. —Es la única forma de pagar tus estudios y el tratamiento. —¿Y dónde viviremos? Alicia sonrió con tristeza. —Eso lo resolveremos después
Las agujas del reloj marcaban casi las once de la noche cuando Alicia salió por la puerta trasera del restaurante. Había completado un doble turno. Sus pies le dolían después de pasar más de quince horas de pie atendiendo mesas, cargando charolas y soportando clientes difíciles. Aun así, en su rostro permanecía esa dulzura que parecía imposible de borrar. Respiró profundamente antes de emprender el camino a casa. Solo quería llegar, darse un baño caliente y descansar unas horas antes de volver a empezar. Sin embargo, apenas abrió la puerta principal, comprendió que esa noche tampoco tendría tranquilidad. Los gritos de su madrastra retumbaban por toda la casa. —¡Lo arruinaste todo! Alicia dejó lentamente su mochila sobre una silla y caminó hacia la sala. Su padre permanecía sentado en el viejo sofá, con los hombros caídos y la mirada perdida en el suelo. Parecía haber envejecido diez años en un solo día. Leonor caminaba de un lado a otro completamente fuera de sí.
Desde el último piso de un edificio, Alexei Modrick contemplaba la ciudad a través de los enormes ventanales. Era CEO de la empresa más grande de la ciudad. Las luces de neón iluminaban la avenida mientras la lluvia comenzaba a caer lentamente sobre el asfalto. Pero también era dueño de los tres clubes más rentables. Un lugar donde el dinero cambiaba de manos cada minuto, donde las apuestas ilegales, los negocios discretos y los hombres más influyentes encontraban un refugio en ese lugar. Nada ocurría allí sin que él lo supiera. Con una mano dentro del bolsillo de su pantalón y la otra sosteniendo un puro cubano, observaba el movimiento del salón principal desde la oficina privada ubicada en el segundo nivel. El humo escapó lentamente de sus labios. Alexei Volkov tenía treinta y cinco años. Era un hombre alto, de complexión atlética y presencia imponente. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos grises, fríos como el acero, parecían capace
Último capítulo