El viento helado recorría las calles desiertas de la ciudad, levantando pequeñas nubes de polvo y haciendo bailar las hojas secas sobre el pavimento. Alicia Ristol caminaba con los brazos cruzados sobre el pecho, intentando conservar un poco de calor. Su delgada figura temblaba bajo la vieja chamarra que apenas lograba protegerla del frío. Tenía veinte años. Su cabello rubio caía en suaves ondas hasta la mitad de la espalda, brillando incluso bajo la tenue luz de los postes. Sus grandes ojos azules transmitían una mezcla de dulzura y fortaleza, mientras su piel blanca y su sonrisa encantadora lograban llamar la atención incluso cuando ella intentaba pasar desapercibida. Pero esa noche no sonreía. Solo caminaba. El taxi se había negado a entrar a esa parte de la ciudad. —Hasta aquí llego, señorita. Si quiere seguir, tendrá que hacerlo caminando. No era la primera vez que escuchaba esas palabras. Pagó el viaje, bajó del vehículo y continuó sola por aquellas calles oscu
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