Algo estaba por cambiar

Las agujas del reloj marcaban casi las once de la noche cuando Alicia salió por la puerta trasera del restaurante.

Había completado un doble turno.

Sus pies le dolían después de pasar más de quince horas de pie atendiendo mesas, cargando charolas y soportando clientes difíciles. Aun así, en su rostro permanecía esa dulzura que parecía imposible de borrar.

Respiró profundamente antes de emprender el camino a casa.

Solo quería llegar, darse un baño caliente y descansar unas horas antes de volver a empezar.

Sin embargo, apenas abrió la puerta principal, comprendió que esa noche tampoco tendría tranquilidad.

Los gritos de su madrastra retumbaban por toda la casa.

—¡Lo arruinaste todo!

Alicia dejó lentamente su mochila sobre una silla y caminó hacia la sala.

Su padre permanecía sentado en el viejo sofá, con los hombros caídos y la mirada perdida en el suelo. Parecía haber envejecido diez años en un solo día.

Leonor caminaba de un lado a otro completamente fuera de sí.

—No quise preocuparte con lo de la bancarrota —dijo Arturo con la voz apagada.

—¡¿No preocuparme?! —gritó Leonor, soltando una carcajada llena de rabia—. ¡Las tarjetas fueron canceladas! ¡Las cuentas están congeladas! Elizabeth tuvo que quedarse en el extranjero porque no pudo pagar el hotel. ¡Prácticamente quedó retenida hasta que liquide lo que debe!

Por primera vez en toda la discusión, Alicia dejó escapar una pequeña risa.

Fue tan breve que casi pasó desapercibida.

Leonor giró hacia ella con los ojos llenos de furia.

—¿De qué te ríes?

Alicia cruzó los brazos.

—De que Elizabeth, por una vez, tendrá que resolver un problema sin que alguien más la rescate.

La expresión de Leonor se endureció.

Arturo se puso de pie inmediatamente.

—¡Alicia no tiene la culpa de esto!

Ella no quiso seguir escuchando.

Subió las escaleras en silencio hasta su habitación.

Necesitaba comprar unas cosa.

Abrió el cajón de su buró.

Después otro.

Y otro más.

Sacó una pequeña caja de madera donde guardaba todos los ahorros que había reunido durante casi tres años trabajando sin descanso.

Su respiración comenzó a acelerarse.

La caja estaba vacía.

Las manos empezaron a temblarle.

Revisó el clóset.

Debajo de la cama.

Dentro de sus libros.

Nada.

El dinero había desaparecido.

Bajó las escaleras casi corriendo.

Su padre levantó la cabeza al verla.

—¿Qué ocurre?

Alicia tenía los ojos llenos de lágrimas.

—Mi dinero...

Su voz se quebró.

—Mi dinero desapareció.

Miró directamente a Leonor.

—Alguien lo tomó.

La mujer ni siquiera intentó negarlo.

—Había que pagar parte de la deuda de Elizabeth en el extranjero.

Arturo abrió los ojos con incredulidad.

—¡Pero no con el dinero de Alicia, Leonor!

—¿Y entonces con cuál? ¿Con el aire?

Arturo respiró profundamente.

—Yo conseguiré el dinero, devuélveselo.

Leonor cruzó los brazos.

—Cuando tú lo consigas... se lo devolveré.

Dicho eso, pasó junto a Alicia para subir las escaleras.

Pero Alicia la sujetó con fuerza del brazo.

—Devuélveme mi dinero.

Leonor intentó soltarse.

—Suéltame.

—¡Es mío!

—¡Te dije que me sueltes!

La discusión terminó convirtiéndose en un forcejeo.

De un fuerte empujón, Leonor logró liberarse.

Alicia perdió el equilibrio.

Su espalda golpeó con fuerza el borde de la escalera antes de caer sentada sobre los escalones.

Un gemido de dolor escapó de sus labios.

—¡Alicia! —gritó Arturo.

Intentó correr hacia ella.

Pero apenas dio un paso, una fuerte punzada atravesó su pecho.

Su respiración se volvió pesada.

Llevó una mano al corazón.

El dolor era insoportable.

—¡Padre!

Alicia olvidó por completo la pelea.

Corrió hacia él justo antes de que cayera al suelo.

Lo sostuvo como pudo.

—Papá... mírame.... Respira..... Por favor...

Con mucho esfuerzo logró sentarlo nuevamente en el sofá.

Su rostro estaba completamente pálido.

Mientras tanto, Leonor siguió subiendo las escaleras sin siquiera volver la mirada.

Como si nada hubiera ocurrido.

Con ayuda de un vecino, Alicia logró subir a su padre al automóvil.

Durante todo el camino al hospital no dejó de sostenerle la mano.

—No me dejes... Por favor, no me dejes.

Las luces blancas del hospital hacían que todo pareciera todavía más frío.

Después de varios estudios, un médico salió del consultorio.

Su expresión era seria.

—¿Es usted familiar del señor Arturo Ristol?

Alicia se puso de pie de inmediato.

—Soy su hija.

El médico respiró profundamente.

—Su padre presenta una enfermedad cardíaca avanzada. Necesita tratamiento cuanto antes y varios medicamentos para estabilizarse.

Las piernas de Alicia comenzaron a sentirse débiles.

—¿Se... se pondrá bien?

—Si sigue el tratamiento, tiene posibilidades. Pero no puede retrasarlo.

Cada palabra era un nuevo golpe.

El médico le entregó varios documentos.

—Necesitamos que firme aquí para continuar con el procedimiento.

Alicia tomó la pluma con manos temblorosas.

Mientras firmaba, una sola pregunta daba vueltas en su cabeza.

¿Cómo iba a pagar todo aquello?

Ya no tenía ahorros.

No tenía tarjetas.

No tenía familia que pudiera ayudarla.

Solo estaba ella...

Y un padre al que se negaba a perder.

En ese momento, una mujer elegante pasó caminando a su lado.

Vestía un fino conjunto color marfil y desprendía un delicado perfume que inundó el pasillo.

Sin darse cuenta, una hoja cayó de la carpeta que llevaba en las manos.

Alicia la recogió de inmediato.

—Señora...

La mujer se volvió.

—Se le cayó esto.

La elegante desconocida sonrió con amabilidad.

—Muchas gracias, jovencita.

Alicia respondió con una sonrisa cansada.

—No fue nada.

La mujer siguió observándola unos segundos.

Había algo en aquella joven que le transmitía una extraña paz.

Antes de que pudiera decir algo más, unos gritos llamaron la atención de ambas.

—¡Suéltenme!

Alicia giró sobresaltada.

Dos guardias de seguridad estaban sacando a su padre del área de atención, sujetándolo por los brazos.

—¡No pueden hacer esto! —gritó ella mientras corría hacia ellos—. ¡Mi padre está enfermo!

Uno de los guardias respondió con frialdad.

—Regresen cuando tengan cómo pagar.

—¡Por favor!

Alicia abrazó a su padre para evitar que lo siguieran empujando.

Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.

—Él necesita ayuda...No pueden dejarlo así.

A unos metros de distancia, la elegante mujer observaba toda la escena en absoluto silencio.

Sus ojos recorrieron el rostro de Alicia, la forma desesperada en que protegía a su padre y la dignidad con la que, aun en medio de la humillación, seguía luchando por él.

Una leve expresión de interés apareció en su rostro.

Porque aquella mujer...

No era una desconocida cualquiera.

Era la madre de Alexei Modrick

Y acababa de encontrar, sin buscarlo, a la joven que estaba a punto de cambiar el destino de su hijo.

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