Súplica

Alicia retrocedió un paso por puro instinto.

Su espalda chocó contra la pared y, durante un instante, sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

El hombre frente a ella imponía demasiado.

No era solo su estatura o la frialdad de sus ojos grises.

Era la forma en que permanecía inmóvil, como un depredador seguro de que su presa no tenía escapatoria.

Alicia tragó saliva.

Tenía miedo.

Muchísimo miedo.

Pero si ella se derrumbaba...

¿Quién protegería a su padre?

Cerró los puños con fuerza hasta clavarse las uñas en las palmas y obligó a su voz a mantenerse firme.

—Señor... si mi padre le debe dinero...

Alexei arqueó una ceja.

—¿Eso es una pregunta?

Ella negó rápidamente.

—No... me imagino que sí le debe.

Respiró hondo antes de continuar.

—Pero le pagaremos todo. Se lo prometo.

La expresión de Alexei no cambió.

—¿Cuándo?

Aquella simple palabra cayó como una sentencia.

Alicia buscó desesperadamente una respuesta.

—Venderemos la casa y...

Alexei levantó apenas dos dedos.

Uno de sus hombres entendió la orden de inmediato y le entregó una carpeta.

Él abrió los documentos con tranquilidad, hojeando varias páginas.

Finalmente levantó la vista.

—¿Te refieres a esta casa?

Le mostró las escrituras.

Alicia abrió los ojos con incredulidad.

Aquellos eran los documentos de su hogar.

Giró hacia su padre.

En ese momento uno de los hombres retiró la cinta adhesiva que cubría la boca de Arturo.

El hombre bajó la cabeza, incapaz de sostener la mirada de su hija.

—La... la perdí en una apuesta...

Su voz apenas era un susurro.

—Pero la recuperaré.

Las palabras atravesaron el corazón de Alicia.

Sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

La casa...

El único lugar que había conocido desde niña...

Ya no les pertenecía.

Las lágrimas comenzaron a caer una tras otra sin que pudiera detenerlas.

No lloraba por las paredes.

Lloraba porque entendía, por primera vez, que lo habían perdido absolutamente todo.

Con la voz rota volvió a mirar a Alexei.

—Yo...

Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Yo le prometo que le pagaré cada peso, mi padre está enfermo, necesita un tratamiento urgente.......Por favor...

No dejaba de alternar la mirada entre Alexei y Arturo.

Quería salvarlo.

Aunque no supiera cómo.

En ese momento la puerta volvió a abrirse.

Uriel apareció apoyado en el marco.

Observó la escena en silencio antes de hablar.

—El señor Ristol nos debe una cantidad bastante importante.

Su tono era tranquilo, casi indiferente.

Como si estuviera hablando del clima.

Mientras tanto, en el estacionamiento, Alexis salió del edificio con una carpeta en la mano.

Miró a ambos lados.

Frunció el ceño.

—¿Y la chica?

No la vio donde la había dejado.

Miró la hora.

Celeste lo esperaba en otro de los clubes con urgencia.

Después de dudar unos segundos, subió al automóvil.

—Seguro ya se fue.

Encendió el motor y abandonó el lugar sin imaginar lo que ocurría dentro.

En la bodega, el silencio volvió a instalarse.

—La chica entro por qué Alexis dejo abierta la puerta.

Uriel susurro.

Alexei solo negó e hizo un leve movimiento con la cabeza.

Dos de sus hombres soltaron las cuerdas que sujetaban a Arturo.

Apenas quedó libre, Alicia corrió hacia él y lo sostuvo antes de que cayera al suelo.

El hombre apenas podía mantenerse en pie.

Respiraba con dificultad.

Ella rodeó su cintura con un brazo para ayudarlo.

Alexei observó la escena sin perder detalle.

Aquella joven estaba dispuesta a cargar con todo el peso del mundo por salvar a su padre.

Interesante...

Muy interesante.

Porque justamente alguien así era lo que necesitaba.

No una mujer llamativa.

No una interesada.

Sino alguien capaz de convencer incluso a su exigente madre de que era la esposa perfecta.

Con voz pausada rompió el silencio.

—Necesito una garantía.

Alicia levantó lentamente la cabeza.

—¿Qué... qué clase de garantía?

Alexei dio un paso hacia ellos.

—Una que me asegure que recuperaré mi dinero.

Sus ojos permanecían fijos únicamente en ella.

—Porque ninguno de ustedes saldrá de esta habitación sin ofrecerme algo que realmente tenga valor.

Arturo dio un paso al frente pese a su evidente debilidad.

—Las escrituras...

Alexei lo interrumpió.

—La perdiste y me sigues debiendo la misma cantidad.

Cerró la carpeta y la dejó sobre la mesa.

Arturo bajó la mirada.

No tenía nada más.

Alicia entrelazó nerviosamente sus manos.

Su voz apenas fue un susurro.

—Tiene... mi palabra.

Durante unos segundos nadie habló.

Entonces Alexei soltó una breve risa.

Uriel también sonrió, negando con la cabeza.

—¿Tu palabra?

Alexei dio otro paso.

—Eso no vale absolutamente nada.

Alicia sintió que el miedo volvía a apoderarse de ella.

Alexei permaneció unos segundos observándola antes de pronunciar, con absoluta calma, las palabras que cambiarían sus vidas.

—Quiero a tu hija como garantía.

—¡No! —gritó Arturo de inmediato.

Intentó colocarse delante de Alicia.

Uriel reaccionó al instante.

Sacó su arma y la apoyó contra la cabeza de Arturo.

Nunca habían matado pero aún que parecía que si, lo cierto es que Alexei no había llegado ahí dejándose ver la cara.

El tiempo pareció detenerse.

Alicia sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Su padre cerró los ojos.

Ella dio un paso al frente desesperadamente.

—¡No!

Las lágrimas volvieron a inundar su rostro.

Sin pensarlo, cayó de rodillas frente a Alexei.

—Por favor...

Su voz se quebró.

—Hare lo que sea, pero no le hagan daño a mi padre, se lo suplico.

En la habitación volvió a reinar el silencio.

Alexei la observó unos largos segundos.

Entonces, lentamente, una casi imperceptible sonrisa apareció en sus labios.

Era exactamente la respuesta que esperaba.

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