Cara a cara.

El camino de regreso a casa transcurrió en absoluto silencio.

Alicia conducía con las manos aferradas al volante, mientras su padre permanecía recostado en el asiento del copiloto, con la mirada perdida detrás del parabrisas.

Ninguno de los dos encontraba las palabras.

Cuando llegaron, Alicia ayudó a Arturo a entrar.

Lo sentó con cuidado en el viejo sofá de la sala y fue hasta la cocina.

Llenó un vaso con agua y regresó.

—Bébela despacio.

Arturo obedeció sin protestar.

Sus manos temblaban tanto que parte del agua terminó derramándose sobre su pantalón.

Alicia se arrodilló frente a él.

Nunca lo había visto tan derrotado.

—Padre...

Él levantó lentamente la mirada.

—Hay que vender la casa.

Las palabras salieron con dificultad.

Como si pronunciar aquella idea le rompiera el corazón.

Arturo negó de inmediato.

—No.

—Es la única forma de pagar tus estudios y el tratamiento.

—¿Y dónde viviremos?

Alicia sonrió con tristeza.

—Eso lo resolveremos después, lo importante es que sigas vivo.

Arturo bajó la cabeza.

Las lágrimas comenzaron a caer silenciosamente sobre sus manos.

—Lo siento...Perdóname por la vida que te estoy dando.

Alicia tomó sus manos.

—Todavía estás aquí, mientras eso no cambie, encontraremos una solución.

Esa noche ninguno volvió a mencionar el tema.

Alicia subió lentamente a su habitación.

Al día siguiente volvería a hacer doble turno en el restaurante.

Necesitaba reunir dinero cuanto antes.

Se dio una ducha rápida y cayó rendida sobre la cama.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!

Los golpes en la puerta la despertaron sobresaltada.

Abrió los ojos desorientada.

Miró el reloj.

Las cuatro de la madrugada.

Se levantó de inmediato y abrió la puerta.

Del otro lado estaba Leonor.

Su rostro estaba completamente pálido.

—Tu padre se llevó las escrituras de la casa.

—Necesita hacerse unos estudios...

Alicia terminó de despertarse.

—¡Desapareció hace horas!

—Va a vender la casa luego veremos qué hacer ahora lo más importante es.....

—¡No seas ingenua! —la interrumpió Leonor—. Lleva horas fuera de la casa.

El corazón de Alicia dio un vuelco.

Comprendió inmediatamente adónde había ido.

Sin perder un segundo tomó una chamarra y salió corriendo.

El automóvil de su padre ya no estaba.

Marcó su número una y otra vez.

—Vamos....Contesta...

La llamada terminaba siempre en el buzón.

Con las lágrimas amenazando con salir, detuvo un taxi.

—Lléveme a esta dirección, por favor.

Durante todo el trayecto no dejó de mirar la pantalla del teléfono.

Ninguna llamada.

Ningún mensaje.

Nada.

Cuando llegó al club, el lugar estaba completamente cerrado.

Las luces de neón permanecían apagadas.

Las enormes puertas metálicas bloqueaban la entrada.

Alicia sintió un nudo en la garganta cuando vio el carro de su padre afuera.

Volvió a marcar.

Otra vez.

Y otra.

Sin respuesta.

Justo cuando comenzaba a perder la esperanza, un automóvil negro de lujo se detuvo frente al edificio.

Un joven descendió del asiento del conductor.

Vestía ropa elegante, aunque llevaba la corbata ligeramente aflojada.

Su rostro reflejaba cierto aire despreocupado.

Al verla sola a esas horas de la madrugada, frunció el ceño.

—¿Estás perdida?

Alicia negó rápidamente.

—Estoy buscando a mi padre.

Su voz estaba rota por la angustia.

—Suele venir aquí.

El joven observó el edificio.

—Mi hermano es el dueño de este club, tal vez tu padre esté en el otro local.

Alicia dio un paso hacia él.

—¿Dónde queda?

—Solo vine por algo, después iré para allá....Si quieres te llevo.

Alicia dudo pero no tenía de otra, luego vio cómo entraba al edificio con unas llaves.

Esperó apenas unos segundos.

La desesperación pudo más que la prudencia.

Empujó la puerta antes de que terminara de cerrarse y logró entrar sin que él se diera cuenta.

Todo estaba oscuro.

El enorme salón permanecía vacío.

Las mesas estaban cubiertas y el silencio resultaba inquietante.

Alicia avanzó con cuidado.

Cada paso hacía crujir el viejo piso de madera.

Subió lentamente las escaleras.

Entonces...

Escuchó un quejido.

Era débil.

Doloroso.

Como el lamento de alguien que llevaba horas sufriendo.

Su respiración se aceleró.

Siguió el sonido hasta llegar a un estrecho pasillo.

Una puerta entreabierta dejaba escapar un fino hilo de luz.

Alicia empujó lentamente.

Y el mundo pareció detenerse.

—¡Papá!

Arturo Ristol estaba atado a una silla.

Tenía las manos sujetas a la espalda, el rostro golpeado y la camisa manchada de sangre seca.

Levantó la cabeza con dificultad al escuchar la voz de su hija.

—A... Alicia...

Ella dio un paso al frente completamente paralizada.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

No podía creer lo que veía.

Retrocedió instintivamente.

Su espalda chocó contra un cuerpo firme.

Muy firme.

El impacto la hizo girar de inmediato.

Frente a ella había un hombre alto, vestido con un impecable traje negro.

Sus ojos grises eran fríos, intimidantes.

Su mandíbula perfectamente marcada y la expresión de su rostro dejaban claro que no estaba acostumbrado a que lo desafiaran.

La observaba con evidente molestia.

Como si aquella inesperada visita hubiera alterado todos sus planes.

Alicia sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

Sin saberlo...

Acababa de encontrarse cara a cara con el hombre más peligroso que conocería en toda su vida.

Alexei Modrick.

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