Mundo ficciónIniciar sesiónDesde el último piso de un edificio, Alexei Modrick contemplaba la ciudad a través de los enormes ventanales.
Era CEO de la empresa más grande de la ciudad. Las luces de neón iluminaban la avenida mientras la lluvia comenzaba a caer lentamente sobre el asfalto. Pero también era dueño de los tres clubes más rentables. Un lugar donde el dinero cambiaba de manos cada minuto, donde las apuestas ilegales, los negocios discretos y los hombres más influyentes encontraban un refugio en ese lugar. Nada ocurría allí sin que él lo supiera. Con una mano dentro del bolsillo de su pantalón y la otra sosteniendo un puro cubano, observaba el movimiento del salón principal desde la oficina privada ubicada en el segundo nivel. El humo escapó lentamente de sus labios. Alexei Volkov tenía treinta y cinco años. Era un hombre alto, de complexión atlética y presencia imponente. Su cabello oscuro estaba perfectamente peinado hacia atrás. Sus ojos grises, fríos como el acero, parecían capaces de descubrir cualquier mentira con una sola mirada. La mandíbula marcada endurecía todavía más sus facciones, mientras varios tatuajes recorrían ambos brazos, desapareciendo bajo las mangas arremangadas de su camisa negra. Inspiraba respeto... Y miedo. Nadie levantaba la voz delante de él. La puerta se abrió sin hacer ruido. —Mi tía me llamó otra vez para preguntarme por ti. Uriel apareció con las manos en los bolsillos. Alexei ni siquiera volteó. Se limitó a expulsar otra bocanada de humo. Antes de que pudiera seguir hablando, una mujer de vestido rojo apareció subiendo las escaleras. Celeste. Su administradora. Y también una de las pocas personas que tenía permitido entrar a su oficina privada sin anunciarse. Alexei caminó hacia el interior. Uriel negó con la cabeza. La puerta se cerró detrás de ambos. Varios minutos después, Celeste respiraba agitada acomodándose discretamente el vestido mientras Alexei se acomodaba el pantalón. No había rastro de emociones en su rostro. Como si nada hubiera ocurrido como si minutos antes no se hubiera follado a Celeste contra el escritorio. Se sentó detrás del enorme escritorio de madera oscura. —Las cifras. Celeste abrió una carpeta. —El club del puerto aumentó un doce por ciento este mes. Pasó la hoja. —El de la zona norte también superó las expectativas. Alexei escuchaba en silencio. Hasta que una cifra llamó su atención. Su mirada cambió. —¿Qué es esto? Celeste respiró profundamente. —Tenemos una pérdida considerable. Alexei levantó lentamente la vista. —Habla. —Arturo Ristol continúa acumulando deudas. Hace semanas que dejó de pagar. El silencio inundó la oficina. —¿Y qué están esperando? Su voz era baja. Demasiado baja. Celeste sabía perfectamente que eso era peor que un grito. —Por eso vine personalmente. Alexei tomó el vaso de vodka que descansaba sobre el escritorio. Bebió un pequeño trago antes de responder. —La primera vez... Dejó el vaso nuevamente. —...es una advertencia. Sus ojos grises se clavaron en los de ella. —La segunda... Su voz sonó todavía más fría. —...es para cumplir la advertencia. Celeste tragó saliva. —Entendido. Tomó la carpeta y abandonó la oficina sin añadir una sola palabra. Sabía perfectamente lo peligroso que podía volverse Alexei cuando alguien jugaba con su dinero. Apenas la puerta se cerró, Uriel volvió a entrar. —Mi tía está desesperada y... —Cállate. Uriel levantó ambas manos. —Solo vine a dar el recado. Alexei terminó el resto del vodka. —Tu hermano volvió a meterse en problemas. Uriel dejó escapar una carcajada. —¿Cuándo no? Alexei tomó las llaves de su automóvil. —Vamos. Media hora después, el elegante automóvil negro cruzó el portón de una enorme residencia. Ni siquiera había apagado el motor cuando escuchó los gritos provenientes del interior. —¡¿Qué hice para tener hijos tan malagradecidos?! Alexei cerró los ojos unos segundos. Entró a la casa. En la sala, su hermano Alexis de solo 22 años permanecía sentado en el sofá con expresión de absoluta resignación. Al verlo entrar, se levantó. —Me voy. Ya llegó el hijo favorito. Alexei soltó una risa seca. —Qué dramático eres. Su madre apareció inmediatamente. Una mujer elegante que, incluso después de los cincuenta años, conservaba una presencia imponente. Al verlo, cruzó los brazos. —Ya llegó mi otro hijo desagradecido. Alexei negó con paciencia. —Buenas noches, madre. —No quiero buenas noches. Lo señaló con un dedo. —Quiero saber cuándo me presentarás a mi nuera. Él masajeó el puente de su nariz. —Ya hablamos de eso. —No. Ella llevó una mano al pecho. —Nunca hablamos de eso. Uriel corrió inmediatamente hacia ella. —Tía... La ayudo a sentarse. Alexei observó la escena completamente inmóvil. Ya no sabía si realmente se sentía mal... O si era otra de sus impecables actuaciones. Su madre respiró con dramatismo. —Si un día me pasa algo... Lo miró con reproche. —Esa será tu condena. Hizo una pausa. —Ver morir a la mujer que te dio la vida sin cumplirle su último deseo. Dicho eso, se levantó lentamente y subió las escaleras. Uriel esperó hasta escuchar cerrarse la puerta de la habitación. Después miró a su primo. —Solo hazlo. Alexei arqueó una ceja. —¿Hacer qué? —Consigue una mujer, unque sea de mentira, las mujeres te sobran. Alexei soltó una sonrisa burlona. —Las mujeres con las que salgo no tienen derecho a llevar mi apellido. —Entonces págale a alguien, alguien que sonría cuando sea necesario, tome tu brazo delante de tu madre y desaparezca cuando todo termine. Alexei negó. —Mi madre descubriría la mentira. —Solo busca a una mujer que jamás haya visto, alguien completamente distinta a las que acostumbras frecuentar. El silencio volvió a instalarse entre ambos. Hasta que Uriel recordó algo. —Por cierto....Hubo un problema anoche en uno de tus clubes. Alexei levantó la vista. —¿Quién? —Un hombre llamado Arturo... Alexei terminó la frase antes de que pudiera hacerlo. —¿Ristol? Uriel lo miró sorprendido. —Sí, pero en realidad el problema no fue él, fue su hija. Alexei frunció ligeramente el ceño. —¿Tiene una hija? Uriel sacó su teléfono móvil. Abrió la grabación de las cámaras de seguridad. Giró la pantalla hacia él. En el video aparecía una joven rubia caminando entre las mesas del club. Vestía unos sencillos jeans, una vieja chamarra y llevaba el cabello recogido. No parecía pertenecer a un lugar como aquel. Sus enormes ojos azules reflejaban preocupación mientras buscaba desesperadamente a su padre entre los jugadores. Tenía la apariencia de una muchacha buena... Demasiado buena para terminar involucrada en el mundo de Alexei Modrick Él observó la pantalla durante varios segundos sin decir una palabra. Una leve sonrisa apareció en la comisura de sus labios. Sin saberlo... Arturo Ristol acababa de entregarle el único bien que realmente le quedaba.






