Por primera vez en semanas, Isabella se fijó detenidamente en su hermana. Allegra se veía demacrada, mucho más delgada de lo habitual, con unas ojeras profundas que hablaban de noches de insomnio. Parecía estar a punto de romperse en mil pedazos. Isabella, a pesar de su propio dolor, sintió un nudo en la garganta. Se hizo a un lado y abrió la puerta por completo.
—Entra —dijo Isabella con voz suave, la preocupación ganándole la batalla al orgullo.
Allegra entró y se desplomó en el único sofá de