Isabella Rich llevaba tres días sepultada en vida dentro del pequeño apartaestudio de Lucy. El lugar, aunque acogedor, se sentía como una celda de castigo donde el aire olía a café frío y a las lágrimas que no dejaban de brotar. El tiempo en Atenas parecía haberse detenido desde que huyó de la capilla, dejando atrás la seda blanca y las promesas de papel. Cuando el sonido de la puerta rompió el pesado silencio de la tarde, el corazón de Isabella dio un vuelco violento, golpeando sus costillas c