—No tienes que seguir haciéndolo, Allegra. Hace tiempo que dejé de sentirme mal por esas cosas —dijo Isabella, aunque su voz la traicionó.
Sus ojos, que habían permanecido como diques de contención mientras intentaba darle fuerzas a su hermana, finalmente dejaron escapar las lágrimas que tanto había retenido. La fortaleza de Isabella Rich se estaba desmoronando ladrillo a ladrillo en aquel pequeño apartaestudio.
—¡Oh, Isabella! No llores, linda. No llores por mí, no lo merezco. Tú eres todo lo