Isabella se despertó en la cama del hospital horas después de haberse desvanecido en aquel frío parqueo del edificio donde vivía con **Leo Peterson**. Lo primero que sintió fue una calidez conocida y reconfortante: la mano de Leo apretando la suya con una fuerza contenida, como si temiera que, al soltarla, ella pudiera desvanecerse de nuevo. Parpadeó con pesadez, luchando contra la bruma de los analgésicos que, imaginaba, le habían administrado para frenar el desgarro que sintió en su vientre b